Mamá me enseñó, a no juzgar a un libro por su portada, me enseñó que lo mejor está dentro del libro, que lo que te enamora son las palabras bonitas, las ilusiones que te hace al pensarlo, la magia que sientes cuando terminas de leerlo. Y aunque al principio jamás comprendí por qué me había dicho que las personas somos como libros, después de un tiempo lo comprendí. Somos como libros, unos más gastados, otros más nuevos, otros con una portada bonita y otros sin una portada. Todos tienen una historia que contar, no siempre tiene un final feliz pero, la vida es así de cabrona, que te quita lo que más quieres y no aleja a lo que más te hace daño. Y al igual que en su día no aprendí a juzgar a un libro por su portada, aprendí a no juzgar a la gente por su apariencia. Que porque tengas más músculos no te hace más hombre. Que por ser diferente al resto, no te hace menos, te hace más especial y te hace ser un libro raro. Pero el problema de hoy en día, es que la gente se fija en la apariencia y no se para a leer la portada o la dedicatoria. El problema está en que si no tienes buen aspecto, nadie te leerá. El problema está en que vemos con los ojos y no con el corazón.

No hay comentarios:
Publicar un comentario